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Salvados-para-servir

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

(1 Corintios 6:20)

Los soldados de William Booth asombraron a la Inglaterra del siglo XIX y luego al mundo entero con su peculiar misión. Vestidos de uniformes singulares como metáforas de tela que ilustraban vivamente su militancia en Cristo, fueron a sitios donde la mayoría no quería ir. Borrachos, drogadictos, prostitutas, parias, vagos y delincuentes eran el objeto de su amor y trabajo a diario. Fueron incomprendidos y vejados por parte de la sociedad y aún por sus propios hermanos, que veían en esto una idea estrafalaria y de poco juicio. Era común ver en sus cultos y marchas por la ciudad que le arrojaran ratas muertas, piedras, alquitrán y que les escupieran. Sobre todo, los archienemigos fueron los taberneros, proxenetas y lúmpenes que veían amenazados sus negocios con el crecimiento del movimiento espiritual al que el mundo conoce hoy como El Ejército de Salvación.

A pesar de la férrea oposición y del peligro real de martirio que corrían William, su familia y sus colaboradores, nunca capitularon en su visión de servicio. Ellos decían que habían sido “salvados para servir” y ese fue su eslogan y lo es aún. A la edad de 85 años, William Booth escribió estas apasionantes palabras: “Mientras las mujeres lloren como lo hacen ahora, yo lucharé. Mientras los niños pequeños padezcan hambre como lo hacen ahora, yo lucharé. Mientras los hombres vivan entrando, saliendo y volviendo a entrar en prisión como la hacen ahora, yo lucharé. Mientras haya un borracho allá afuera, mientras haya una niña perdida en las calles, mientras quede una sola alma entenebrecida sin la luz de Dios, yo lucharé. Lucharé hasta el Fin.” Nunca se rindieron, no perdieron de vista su misión.

Hoy se puede visitar su cuartel general en el 101 de Queen Victoria Street, Londres, desde donde se dirige el trabajo que se realiza en 120 países del mundo. El Ejército de Salvación es el tercer proveedor mundial de ayuda social en el mundo con gastos estimados en más de 2600 000 000 de dólares y ayudando a más de 30 000 000 de personas. Su lema: “Sopa, jabón y salvación” ha revolucionado el mundo en los últimos 140 años de historia y ha llevado a millones el reino de Cristo. Todo es un claro ejemplo del impacto que puede tener una persona que le cree a Dios. El trabajo no lo hizo William Booth solo, él fue el iniciador, un ente de inspiración que usó Dios en su tiempo. Necesitamos más personas como él. Creyentes que sabiéndose salvados, eligen servir con fervor absoluto a sus semejantes. Que desean llevar al mundo todo eso que por gracia han recibido.

Una vida de servicio no es posible desde la comodidad y el egocentrismo. Hay que morir a lo banal e intrascendente para escoger aquello que es más grande que nosotros. Solo almas que han sido elevadas por la gracia de Dios y que han comprendido su lugar en este planeta, pueden plantearse una vida altruista y apasionada. El sacrificio y el sufrimiento no son caminos agradables, pero en ocasiones solo a través de estos duros medios se puede asistir a otros para llevarlos a un siguiente nivel. No son suficientes los sermones, ni las buenas intenciones, ni los folletos que publicitan nuestras iglesias. Hay que salir, hay que hablar con la gente en su contexto y por qué no, llevar un poco de sopa con nosotros y un jabón. Desde la generosidad nuestro mensaje será más creído, porque hemos sido llamados a imitar a Jesús y él enseñó que “más bienaventurado es dar que recibir”.

La iglesia del Señor es un organismo vivo y dinámico. No somos un cuerpo de cera para ser exhibido en un museo, sino mayordomos incansables que con vitalidad y gratitud sirven a Jesús resucitado. Espere el enojo cuando usted trabaje para Dios. No haga caso de la crítica malsana, ni de los denuestos de los religiosos. Haga lo que ha sido llamado a hacer. Viva en concordancia con su militancia espiritual. Ande en novedad de vida, asombrando al mundo con un caminar de fe a la semejanza de Jesús. No puedo prometerle que recibirá medallas en esta tierra, pero estoy seguro de que será honrado por el Padre. No puedo saber si aplaudirán su sacrificio, pero esto sé, que si sufrimos con Cristo, también reinaremos con él (2 Timoteo 2:12). Con tales promesas apresúrate y esfuérzate en la gracia de Dios. ¡Ánimo soldado, salvado estás! Ahora sal y di a otros de su fiel bondad. Marcha triunfante, con los ojos en la eternidad, y este mudo podrá ver la imagen de Jesús en tu caminar.

Autor: Osmany Cruz Ferrer

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